Dicen que el amor florece en los jardines más bellos, pero el nuestro brotó en el lugar menos pensado, un rincón inesperado donde la vida decidió entrelazar nuestros destinos.
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Jamás imaginamos que, entre lo cotidiano y lo fortuito, encontraríamos la pieza que le faltaba a nuestro rompecabezas.
Y si hay ángeles terrenales, sin duda fueron los padres de un amigo quienes, con su generosidad y cariño, sembraron la semilla de este cuento que hoy escribimos juntos. Sin su empujón, sin ese puente invisible que construyeron, este hermoso relato que aún no conoce su final feliz, quizás nunca hubiera comenzado.
Hoy, tomados de la mano, miramos hacia atrás con gratitud y hacia adelante con una ilusión infinita. Porque nuestro encuentro fue un milagro, una serendipia que nos demostró que el amor verdadero puede surgir en cualquier instante y que, gracias a un gesto de amor desinteresado, hoy celebramos el inicio de una vida juntos, un “para siempre” que apenas comienza.